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JORGE MILLONES VALDIVIA ENFERMO DE CORDURA SOCIAL

Rodolfo Sánchez Garrafa

Jorge Millones Valdivia (Lima 08.04.1972). Es un compositor, cantautor, trovador y estudioso de la realidad social peruana.

Desde una perspectiva filológica, trovador y trovero pueden aparecer como sinónimos en algunos diccionarios modernos. Sin embargo, atendiendo a la diferenciación funcional presente en el uso cultural contemporáneo de Hispanoamérica: trovador designa al cantautor de la tradición de la trova y la nueva canción, mientras que trovero suele reservarse para el improvisador de trovos o para tradiciones poéticas regionales. Por ello, en el caso de Jorge Millones, la elección de trovador no solo es la más extendida, sino también la más precisa respecto de su identidad artística.

Su biografía convertida en canto

Su obra se inscribe en la tradición de la trova y la nueva canción latinoamericanas, entendidas como una forma de canción de autor donde confluyen creación poética, compromiso social y reflexión crítica. Una muestra por demás expresiva de la producción artística de Jorge Millones lo constituye su libro “Cuando yo era un loco” (Lima, 2025), publicación que reúne seis de sus álbumes, con un total de 68 canciones: Cascabel (2012), Crítica de la miseria pura (2014), Cantares de la gesta (2018), Trámites oníricos (2019), Decamerón (2023), y Singles y otras canciones (con lo más reciente de sus creaciones).


Lo primero que llama la atención es el fuerte componente autobiográfico de su singular libro, aunque no se trate de una autobiografía narrativa sino de una autobiografía simbólica, dado que Jorge Millones no pretende reconstruir hechos memorables de su vida sino más bien interpretar las etapas que la han constituido hasta el presente.

Quizá la canción que mejor resume su memoriosa actitud sea la que motiva el título del libro Cuando yo era un loco (p. 79). Aquí el término ‘loco’ funciona como una metáfora del impúber desbordante de capacidad imaginativa y creadora que fue, y del joven tempranamente crítico, cuestionador e inconforme que sobrevino, hasta el día en que fue aceptado al precio de la domesticación que sometió a su locura recidivante. Está claro que la conformidad, en este cancionero, es sinónimo de pérdida o renuncia, ya sea a la imaginación, a los credos o las ilusiones, incluso al amor absoluto, tendencias que, no obstante, vuelven de cuando en cuando como recaídas de rebeldía.

Por eso será que de pronto le agobia el deseo de volver a cazar arañas, la urgencia de escribir cartas o el impulso de liberar panfletos. Aunque la certidumbre final nos guarda algo soberbio: si de algo está enfermo es de la cordura social.

Una inversión de valores que alcanza fuerza poética

En las canciones de Jorge, el amor nunca se reduce a una pulsión sentimental, el amor es principalmente memoria, es decir retorno al territorio, prueba de identidad. "En el panteón de mis canciones" (p. 31), es un texto cuyo recurso central consiste en convertir las antiguas amantes en habitantes permanentes del propio repertorio musical. Cada canción es un cementerio donde las mujeres no abandonan el mundo, sino que continúan viviendo como inspiración. Lo remarca el cantautor con una imagen muy trovadoresca: "En el panteón de mis canciones/ cada rosa tiene una pena de amor", configurando una forma de duelo que no conduce al olvido sino a la creación artística.

Algo semejante ocurre en "Las plañideras del perdón" (p. 76), donde el imaginario funerario vuelve a aparecer mediante calaveras, lápidas, flores negras y serenatas. Es una constante que el amor muerto siga cantando.

Otro de los rasgos interesantes del cancionero se manifiesta en la dimensión política. No se trata de canciones panfletarias, más bien constituyen composiciones posteriores al panfleto. El autor recuerda el tiempo de la movilización, reconoce las traiciones y las derrotas, pero conserva intacta la necesidad ética de transformar la realidad. Cabe señalar a "Cascabel" (p. 25) como el ejemplo más logrado de este registro, en cuanto deja de ser un objeto para convertirse en símbolo colectivo que anuncia, despierta, convoca y hace ruido frente al poder.

Por otro lado, el cancionero de Millones incorpora referencias andinas (ayllus, runas, ‘serranías del Perú’) sin caer en un folclorismo decorativo, evidenciando más bien una voluntad de articular la tradición de la nueva canción latinoamericana con una sensibilidad específicamente peruana.


Lima y los Andes, geografías contrastantes

En "Lima en colores" (p. 107), la capital nacional aparece como espacio de pérdida, de violencia y desarraigo; por el contrario, "En los Andes me quedo" (p. 26) se erige en un territorio de reconciliación, donde el Cuzco deja de ser únicamente una ciudad para convertirse en un lugar de renacimiento afectivo, no siendo casual que aparezcan: San Cristóbal, Cienciano, los portales de sus plazas, el sol, el Edén, configurando un paisaje de resonancias telúricas y emocionales.

Una escritura surgida para ser música

Aquí se halla probablemente la mayor fortaleza de Jorge Millones. Él escribe pensando en la música; decididamente, sus letras no buscan ser poemas impresos sino historias para ser cantadas. La reiteración, los estribillos, las repeticiones, las anáforas, los paralelismos, están al servicio de la memoria auditiva. Por ejemplo: "Y tuve que agradecerles..." se repite como una letanía que va acumulando ironía en "Cuando yo era un loco" (p. 79). Mientras que "Tilín talán" en "Cascabel" (p. 25) produce un efecto casi ritual.

Aparecen, al par, objetos a menudo sencillos que adquieren enorme densidad simbólica. Entre ellos: cascabel, cartas, flores, cementerio, gato, arañas, luna, vino, guitarra, ciudad, lluvia, que funcionan como ejes narrativos y nunca fungen de meros adornos.

Hay una combinación muy interesante entre: lenguaje cotidiano, humor, ironía, ternura, consigna política, lirismo. Eso evita que las canciones tengan un manto de solemnidad, lo que puede apreciarse en "Jubilado de mis dientes" o "Jubilado de mis sueños" que constituyen imágenes inesperadas y muy eficaces.

Una intelectualidad que no evade la acción política

Considero a Jorge Millones como un intelectual, por su rol activo en la tarea de pensar la realidad sociocultural del país de manera crítica y propositiva. Aunque para ello no es necesario acreditar formación alguna o título profesional, cabe destacar que nuestro cantautor dio inicio a su trayectoria artística en el campus de la UNMSM durante la década de 1990, en circunstancias bastante similares a la de nuestros días. No es, desde luego, un improvisado, su biodata consigna que cursó estudios de psicología en la Universidad Ricardo Palma, filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y antropología en la Universidad San Antonio Abad del Cusco, a los que sumó el estudio de artes plásticas y diseño publicitario, allá por los años ochenta, aunque nunca se empeñó en concluirlos.

Con estos antecedentes no causa sorpresa que su producción artística presente afinidades con conocidos cantautores latinoamericanos: en lo introspectivo con Silvio Rodríguez, en la dimensión social de sus preocupaciones con Daniel Viglietti, en su tono confesional con Fernando Delgadillo, y, en ciertos recursos narrativos con Joaquín Sabina. Pero, hay algo muy propio en su ya vasta obra: la presencia del Perú —especialmente de Lima y de los Andes— que le otorga una voz inconfundible.

Ya he dicho que las canciones de Jorge Millones no aspiran a ser apreciadas como poesía, requieren reproducirse en el marco de una melodía y el acompañamiento de un ritmo acompasado, pero sus letras convencen de una gran capacidad para construir metáforas mucho más potentes. Desde luego, que las canciones podrían ser depuradas de cierto exceso de reiteraciones que funcionan bien en concierto, y que condensadas con finura no perderían su musicalidad que resulta tan cara al oyente. El cantautor podría empeñarse en generar mayor intensidad verbal, pero él compone como sabe hacerlo. Y cuando canta nos convence que si algo no ha sido jamás es ‘un loco’, porque nunca ha estado más cuerdo que hilando su poética de la experiencia y poniéndole su sello de simbolismo trovadoresco, de memoria viva y compromiso autoral por encima de cualquier destreza versificadora.

Agrego que nuestro cantautor no evita ser explícito en cuanto a sus convencimientos políticos, pero su sensibilidad poética le libra de incurrir en expresiones panfletarias, de manera que puede ser querido o ignorado sin reservas, a tajo abierto.

Chorrillos, Matellini julio de 2026.



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