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IMPRESIONES SOBRE “HASTA UN DÍA”, DE JULIA DEL PRADO MORALES*

Rodolfo Sánchez Garrafa

Me hallo disfrutando las páginas del reciente poemario publicado por la querida escritora Julia del Prado Morales: Hasta un día (Ángeles del Papel Editores, Lima, 2026). Aunque todavía no he meditado suficientemente sobre toda la sabiduría que este libro contiene, mi propio espíritu me impulsa a compartir algunas impresiones iniciales de su lectura.

Se ha dicho ya que la poesía de Julia del Prado es “alta y extensa”, una poesía que aspira al cielo a tajo abierto y recorre sin descanso campos, valles, ciudades, desiertos y mares. La apreciación formulada por Renato Sandoval Bacigalupo en el prólogo del libro resulta particularmente acertada, pues identifica dos rasgos esenciales de esta escritura: su amplitud espiritual y la aparente sencillez de sus formas. En efecto, la poesía de Julia del Prado nos revela una extraordinaria capacidad de asombro ante la naturaleza y la vida cotidiana. Lo que a primera vista parece simple termina mostrando una profundidad que reclama atención y contemplación.

Desde el poema inicial, “Luna Azul”, advertimos la precisión con que la autora construye imágenes capaces de trascender el tiempo. Los versos que anuncian la llegada de la luna azul “este viernes a las seis de la tarde” sitúan el acontecimiento en un momento aparentemente concreto, pero lo suficientemente abierto como para adquirir una dimensión universal. ¿Cuántos viernes y cuántas seis de la tarde podrían convocar la aparición de una luna azul? La poeta despeja esta incertidumbre al revelarnos que se trata de un viernes de primavera, momento propicio para el despliegue de la belleza. La luna, envuelta en un manto festivo, se refleja en la laguna, refresca la mirada de quien contempla y hace posible la aparición de duendes y querubines que, extasiados, celebran el baño lunar.

Me resulta inevitable asociar esta delicada construcción poética con cierta afinidad hacia la sensibilidad del haiku japonés. Aunque “Luna Azul” no responde formalmente a dicha estructura, comparte con ella una virtud esencial: la capacidad de condensar en una imagen sencilla la inmensidad del mundo. Con muy pocos elementos, Julia del Prado logra abrir un horizonte vastísimo donde el instante cotidiano se transforma en experiencia reveladora. La belleza aparece entonces como una forma de conocimiento, como una puerta de acceso al misterio.

Esta sensibilidad contemplativa recorre todo el libro. La realidad se presenta como un cosmos animado, poblado de entidades capaces de sentir, dialogar y participar activamente en la vida del universo. Las piedras experimentan alegría o tristeza; la lluvia relata historias mientras cae sobre las calles; el tapir escribe poemas y teje chompas para el frío; las hojas bailan en las mañanas de invierno; los pájaros armonizan silencios y los delfines transitan por territorios encantados. A través de estas imágenes, la autora nos recuerda que la existencia no está constituida por objetos inertes, sino por presencias vivas que mantienen relaciones entre sí.

Desde una perspectiva andina, esta concepción resulta especialmente significativa. El mundo aparece como una totalidad animada en la que cada entidad posee interioridad, memoria y capacidad de comunicación. La pérdida de esta sensibilidad constituye, quizás, una de las grandes enfermedades de la sociedad contemporánea. Hemos aprendido a pasar indiferentes junto a seres que nos interpelan constantemente. Julia del Prado, por el contrario, nos invita a recuperar la capacidad de escucha y reconocimiento frente a una realidad que siente, sangra, llora y acumula sabiduría con el paso de los años.

Sin embargo, pese a la incomunicación moderna, existe un halo de eternidad que preserva la integridad del cosmos. La poeta accede a ese ámbito mediante una mirada despojada, capaz de descubrir en lo cotidiano las huellas de lo trascendente. Su poesía podría definirse, en este sentido, como una filosofía de la concreción. Lo profundo no se alcanza por abstracción sino por inmersión en los detalles de la experiencia.

Un ejemplo notable aparece en el poema “Ahora es una de esas ocasiones”, cuando escribe: “En ocasiones se me adormece la vida / a dos cantos / a dos aguas / a dos pies”. La imagen sugiere una estructura dual de la existencia, una condición relacional que remite tanto a la experiencia humana como a antiguas concepciones andinas del mundo. La vida acontece siempre entre polos complementarios: oriente y occidente, arriba y abajo, izquierda y derecha, sueño y vigilia, memoria y porvenir.

Entre los valores que esta poesía exalta destacan la paz, el amor, la sociabilidad y, sobre todo, la esperanza. Se trata de una esperanza orientada hacia la continuidad de la vida, hacia las nuevas generaciones que reciben el mundo al calor de canciones de cuna y relatos maravillosos. Lo que hoy parece fantasía puede convertirse mañana en realidad. De ahí la importancia de preservar la capacidad de imaginar.

Esta fuerza imaginativa alcanza una de sus expresiones más bellas en “Pluma y poeta”. La pluma de pardela que llega desde el mar se convierte en símbolo de la creación poética. Procede del océano inmenso, embravecido y sereno a la vez, espacio donde convergen las aguas terrestres y celestes. En ella se encuentran también la risa y el llanto, la memoria y el deseo, bajo el signo de una creatividad capaz de reunir los contrarios.

La noción de ciclicidad constituye otro eje fundamental del libro. Si para Newton la manzana simboliza el descubrimiento de la gravedad, para Julia del Prado ese papel podría corresponder al girasol, cuya trayectoria evoca el movimiento circular del tiempo. La historia aparece entonces como una sucesión de retornos, de encuentros entre elementos aparentemente opuestos que encuentran sentido en una totalidad superior. Lo frío y lo tibio, la tristeza y la alegría, la incertidumbre y la esperanza se integran en una dinámica que asegura la continuidad de la existencia.

En este universo simbólico adquiere especial importancia la figura femenina. La mujer aparece como garante de la vida, transmisora de la memoria y depositaria del tiempo que va y viene. No es un personaje secundario ni una simple mediadora, sino una presencia visionaria capaz de enlazar generaciones y mantener vivo el hilo de la continuidad cultural. En diversos poemas, esta figura femenina adopta rasgos míticos, próximos a la serpiente primordial o a las antiguas madres fundadoras.

De manera paralela, la memoria familiar emerge como un poderoso centro gravitacional. Madre, padre, abuelos, hogar y ancestros reaparecen constantemente en un recorrido que conduce a la poeta hacia las raíces de su propia existencia. Aunque formada en un entorno urbano, Julia del Prado escucha el llamado profundo de la tierra y reconoce en él la voz de quienes la precedieron. El regreso a la memoria se convierte así en una forma de reencuentro con uno mismo.

Todo ello se expresa mediante un lenguaje de extraordinaria economía verbal. La complejidad de la experiencia humana no se traduce en construcciones retóricas recargadas, sino en imágenes depuradas, de gran transparencia expresiva. Nuevamente aparece aquí la cercanía espiritual con ciertas formas de la poesía japonesa. Resulta especialmente revelador el poema que concluye: “yo que solamente he nacido / yo que tan solo he nacido / vuelvo a ser puma”. En estos versos el nacimiento se identifica con una renovación esencial. Volver a ser puma significa recuperar la fuerza originaria, la dignidad heroica y la potencia espiritual que habitan en el fondo de toda existencia.

No sorprende, por ello, la observación formulada por Cecilia Ortiz desde Buenos Aires, cuando señala que Hasta un día es una propuesta en la que el yo poético recorre los senderos de la memoria mientras el amor y el día se dispersan por las páginas como fragmentos de la propia autora. En efecto, Julia del Prado conduce al lector por un camino abierto, donde cada quien está llamado a encontrar su propia interpretación.


Al finalizar la lectura queda la impresión de haber acompañado un viaje que, tras recorrer los territorios de la memoria, desemboca en la recuperación de la infancia. Volver a ser niño significa volver a hablar una lengua primordial: la lengua de la inocencia, de la sabiduría y del asombro. Así, al cerrar el ciclo de Hasta un día, la poeta vuelve a cantar con la misma pureza que ilumina los años primeros. Y acaso sea esa la mayor enseñanza de este libro: recordarnos que la plenitud de la existencia consiste en conservar viva la capacidad de maravillarnos ante el mundo.

Julia del Prado Morales

Nació en Lima, Perú. Escritora y promotora cultural. Estudió en la Escuela Nacional de Bibliotecarios y luego en la Escuela de Bibliotecología y Ciencias de la Información de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Posteriormente siguió estudios sobre Bibliotecas Escolares y Literatura infantil como segunda especialidad en la Escuela Interamericana de Bibliotecología, Universidad Nacional de Antioquia Medellín – Colombia, como becaria de la OEA. Cuenta con varios libros publicados. Figura en antologías físicas y virtuales universales. Pertenece a instituciones culturales peruanas y extranjeras, con reconocimientos y homenajes. Es fundadora y actual administradora del Colectivo Literario Manantial desde el año 2019.

Chorrillos (Matellini), junio de 2026.

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