Rodolfo Sánchez Garrafa
La poesía de Grover González Gallardo se ha ido configurando, a lo largo de los años, como una de las propuestas más singulares dentro de la lírica peruana contemporánea de orientación metafísica y simbólica. Desde Manantial en el espejo hasta El insomnio de los dioses, pasando por El sueño de las sombras, El jardín de las esferas, Morar la muerte del tiempo y Se me va la vida en las palabras, se advierte una persistencia temática y una fidelidad a ciertos núcleos imaginarios que constituyen, más que simples recurrencias, el fundamento mismo de su visión poética.
Hace aproximadamente una década, al aproximarme por primera vez a El sueño de las sombras, observé que en aquella poesía la luz y las tinieblas no operaban como categorías irreconciliables, sino como principios complementarios sometidos a una dinámica de alternancia. La claridad parecía nacer del agotamiento de la oscuridad, mientras la noche emergía nuevamente de la consumación del fuego. Hoy, tras recorrer nuevos libros y poemas de Grover González, tengo la impresión de que aquella intuición inicial no solo se confirma, sino que adquiere una dimensión más compleja y profunda.
No resulta casual que Fernando Cassamar, uno de los comentaristas de su obra, haya definido su poesía como “crepuscular”. Aunque tal apreciación, que tuve oportunidad de escuchar personalmente, acaso pudo parecer reductiva al autor aludido, cuando en realidad señalaba uno de los valiosos rasgos esenciales de su universo poético. Lo crepuscular, entendido no como simple melancolía vespertina, y menos como languidez, sino como zona de tránsito entre opuestos. Este atributo constituye el verdadero territorio espiritual de la escritura poética de Grover González, cuyo ser desbordante habita el umbral: ese instante ambiguo o espacio liminal, esa realidad infinita en lo eterno para el poeta, donde la luz no desaparece del todo y la noche aún no termina de imponerse. Su palabra surge precisamente de esa tensión.
En efecto, la dualidad luz-oscuridad atraviesa toda su obra. Sin embargo, sería erróneo interpretarla desde una lógica binaria convencional. La luz no representa únicamente salvación ni la oscuridad mera caída. Ambas categorías se contaminan, se fecundan mutuamente, se transforman entre sí. En El mirlo y la tristeza, por ejemplo, “la luz tiene agujeros” y “las tinieblas” poseen “alas”. La imagen resulta reveladora: aquello que tradicionalmente concebimos como absoluto se fractura y se vuelve permeable. La claridad ya no ilumina plenamente; la oscuridad, lejos de ser pura negación, adquiere movilidad y espesor vital.
Este dinamismo dialéctico constituye uno de los principales logros de Grover González. Su poesía no se instala en la estabilidad, sino en el tránsito perpetuo. Todo se encuentra sometido a procesos de transformación: el fuego deviene sombra, la sombra resplandece, la muerte engendra vida, el silencio habla. Tal movilidad dota a sus poemas de una intensidad visionaria que impide cualquier lectura estática.
La naturaleza ocupa en este universo un lugar central. No aparece como mero decorado ni como simple objeto de contemplación lírica, sino como una fuerza viviente que dialoga con la subjetividad del poeta. Pájaros, colibríes, mirlos, cetáceos, rosas, trigos, océanos, relámpagos y esferas constituyen un sistema simbólico orgánico donde el ser humano se reconoce apenas como una partícula dentro de un movimiento cósmico mayor. La admiración ante la naturaleza no desemboca aquí en armonía bucólica, sino en una experiencia simultáneamente fascinante y devastadora.
En poemas como Cuando ciertos colibríes copulan… o Equilibrio extático, la naturaleza se convierte en escenario de revelaciones ontológicas. El universo parece vibrar en cada cuerpo, en cada fulgor, en cada colisión de colores. Pero esa misma intensidad conduce al borde de la disolución. La belleza nunca es inocente, implica riesgo, vértigo, pérdida de identidad. El sujeto poético contempla el mundo y, al hacerlo, se ve arrastrado hacia una experiencia límite donde el yo amenaza constantemente con fragmentarse.
La presencia obsesiva del fuego merece especial atención. En Grover González el fuego posee múltiples significaciones: destrucción, purificación, deseo, conocimiento, tránsito espiritual. A veces es un resplandor fecundo; otras, una fuerza devoradora. En cualquier caso, constituye un principio transformador. De allí que sus poemas estén poblados de imágenes de combustión: cuerpos que arden, palabras incendiadas, auroras que abrasan, relámpagos que modelan la carne. El fuego es, quizá, la forma visible del devenir.
Junto al fuego aparece persistentemente la muerte. Pero tampoco aquí encontramos una visión convencional. La muerte no es mera extinción; es tránsito, metamorfosis, continuidad misteriosa. En Apología de la nada, uno de sus textos más logrados, la muerte es presentada como una presencia “cálida / casi maternal”. La imagen resulta profundamente significativa porque subvierte la tradición occidental que asocia la muerte con el frío y la negación absoluta. Para Grover González, la muerte parece formar parte del mismo movimiento creador del universo. No aniquila, antes bien transforma.
En este punto, su poesía roza con frecuencia una dimensión metafísica. Las preguntas fundamentales —el tiempo, el origen, la identidad, el destino, el sentido de la existencia— atraviesan constantemente sus versos. No obstante, el poeta evita toda respuesta definitiva. Sus poemas no buscan resolver el misterio, sino habitarlo. De allí la recurrencia de interrogaciones que permanecen abiertas, suspendidas en un horizonte de incertidumbre. En El reloj de las respuestas, por ejemplo, la proliferación de preguntas revela precisamente la imposibilidad de clausurar el sentido.
Formalmente, Grover González desarrolla una escritura de gran densidad conceptual y abstractiva. Sus versos se construyen mediante asociaciones inesperadas, desplazamientos simbólicos y una sintaxis expansiva que privilegia el fluir visionario antes que la linealidad discursiva. El poema avanza por acumulación de imágenes, como si cada visión engendrara otra en una cadena inagotable de resonancias.
Su lenguaje posee, además, una marcada vocación pictórica. Numerosos poemas parecen concebidos como cuadros en movimiento. El color desempeña un papel esencial: amarillos, azules, negruras, resplandores y transparencias organizan una imaginería donde lo visual adquiere intensidad casi táctil. A ello se suma una fuerte musicalidad basada en reiteraciones, paralelismos y modulaciones rítmicas que otorgan a muchos textos un tono casi litúrgico.
No es casual, por ello, que en su poesía confluyan referencias al arte, a la pintura, a la música y al ajedrez. Todas estas disciplinas parecen integrarse en una misma concepción estética del mundo entendida como tensión de fuerzas, estrategia del equilibrio y búsqueda de revelación. El poeta observa el universo como quien contempla simultáneamente un tablero, un lienzo y una constelación.
Otro aspecto notable de su obra es la relación entre palabra y trascendencia. En Grover González, escribir no constituye únicamente un ejercicio expresivo, sino un acto existencial. El poema aparece como espacio de resistencia frente a la fugacidad y el deterioro. “El poeta escribe hasta que la sangre sangra”, afirma en uno de sus textos más representativos. La escritura se convierte así en una forma de perseverancia espiritual, aun sabiendo que toda palabra resulta insuficiente frente al misterio.
Precisamente por ello, la poesía de Grover González posee una intensidad poco frecuente en tiempos dominados por la ironía o el minimalismo emocional. Sus poemas no temen afrontar las grandes preguntas ni asumir una gravedad filosófica que muchos discursos contemporáneos eluden. Pero esa gravedad nunca desemboca en abstracción fría: siempre permanece anclada en imágenes sensibles, corporales, materiales.
La condición crepuscular de esta poesía se manifiesta finalmente en su manera de concebir la existencia humana. El ser aparece suspendido entre aparición y desaparición, entre materia y fulgor, entre caída y ascensión. No hay reposo definitivo. Todo arde, muta, se oscurece y vuelve a iluminarse. La vida misma es entendida como tránsito precario entre dos formas de sombra.
En este sentido, la poesía de Grover González Gallardo se sitúa dentro de una tradición de autores para quienes la palabra poética constituye una forma de conocimiento límite. No se trata de explicar el mundo, sino de atravesarlo con intensidad visionaria. Sus poemas abren espacios de contemplación donde lo humano se enfrenta simultáneamente a la belleza, al vacío y al resplandor de lo desconocido. Por ello, más que una poesía de certezas, la suya es una poesía de umbrales. Una poesía donde la luz necesita de las tinieblas para revelarse y donde la oscuridad, lejos de clausurar el sentido, se convierte en el lugar mismo desde el cual la conciencia aprende nuevamente a mirar.
* Grover González Gallardo (Cajamarca 1971). Poeta, abogado y pensador. Cursó estudios de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú y los culminó en 1997. Es miembro del Liceo Poético de Benidorm, España y del grupo poético Rara Avis. Su primer poemario “Manantial en el espejo” fue publicado el 2013 por la editorial Pasacalle. Posteriormente dio a conocer su segundo libro “El sueño de las sombras” (Ediciones Vicio Perpétuo Vicio Perfecto 2016). En la actualidad suma una ya numerosa colección de volúmenes, varios de los cuales se mencionan en el presente artículo. Ha realizado difusión cultural y poética a través de la Peña Poética El Rincón Guapo. Fue finalista de antología en la XVII y en la XVIII Bienales de Poesía del premio COPE de Petroperú en el 2,015 y 2,017.
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