Rodolfo Sánchez Garrafa
En el curso de mi reciente estadía en la ciudad del Cuzco (julio 2026) tuve oportunidad de concurrir a la muestra pictórica "𝐌𝐢𝐭𝐨 𝐲 𝐓𝐫𝐚𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧" en la que se exponían pinturas del artista 𝑪𝒂𝒓𝒍𝒐𝒔 𝑨. 𝑯𝒖𝒓𝒕𝒂𝒅𝒐 𝑮𝒂́𝒍𝒗𝒆𝒛 (𝐴𝑟𝑡 𝐺𝑎𝑙𝑙𝑒𝑟𝑦 - 𝐼𝐶𝑃𝑁𝐴 𝐶𝑢𝑠𝑐𝑜 (𝐴𝑣. 𝐿𝑜𝑠 𝐼𝑛𝑐𝑎𝑠 1504).
Carlos Apolinar Hurtado Gálvez nació en Cuzco en 1957. Estudió en la ex Escuela Superior Autónoma de Bellas Artes del Cusco y en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Empezó a exponer a partir 1979 y ha utilizado estilos, tendencias y corrientes de manera libre, opción adoptada deliberadamente.
Las cuatro obras que comparto, y la nota de referencia distribuida a quienes visitamos la exposición Mito y Tradición, permiten advertir una etapa de notable madurez en la trayectoria de Carlos Hurtado. Más que reiterar los rasgos biográficos o estilísticos ya conocidos —su formación académica, su libertad frente a las escuelas o su permanente diálogo con la tradición andina—, las pinturas expuestas en esta oportunidad revelan una propuesta que parece orientarse hacia una síntesis cada vez más personal entre memoria, símbolo y experimentación formal. Esa orientación coincide con lo que el propio artista declara acerca de un "lenguaje y acento andino" construido desde la pictografía, los petroglifos y la textilería ancestral, antes que desde la adscripción a un determinado "ismo".
Lo primero que sorprende es que Hurtado ha dejado de utilizar el mito como un motivo ilustrativo para convertirlo en un principio organizador del espacio pictórico. Sus personajes ya no narran historias; las encarnan y él se erige en oficiante ritual de tal proceso. Cada figura aparece suspendida en un territorio donde los límites entre el tiempo histórico, la memoria colectiva y la dimensión sagrada desaparecen. El cuadro inicial resulta especialmente elocuente. La mujer que sostiene frutos, rodeada de aguas, embarcaciones, una quena que irradia luz y una vegetación exuberante, no constituye una escena costumbrista; es una alegoría de la fecundidad andina, donde agua, música, luna, vegetación y trabajo humano participan de un mismo ciclo vital. La composición parece organizar un verdadero mapa cosmológico en el que los distintos niveles del universo dialogan sin jerarquías.
En esta pintura destaca también el empleo de un color intensamente simbólico. Los azules profundos dejan de ser únicamente un recurso atmosférico para convertirse en un espacio espiritual, mientras que los rojos y verdes adquieren un valor de energías complementarias. El artista parece pintar la circulación de fuerzas antes que la apariencia de los objetos. La iconografía tradicional permanece reconocible, pero sometida a una reorganización plástica que la aproxima a una experiencia visionaria.
Las otras tres obras evidencian una evolución igualmente significativa. En ellas la representación figurativa comienza a disolverse sin desaparecer completamente. Los perfiles de montañas, templos, animales tutelares y arquitecturas sagradas sobreviven como huellas dentro de grandes campos cromáticos. El espectador ya no contempla un paisaje; debe reconstruirlo mentalmente. Hurtado deposita en quien observa una parte del acto creador.
Particularmente sugerente resulta la pintura dominada por grandes estructuras verticales y un amplio espacio amarillo. Allí la arquitectura parece convertirse en una metáfora del tiempo. Los bloques cromáticos recuerdan simultáneamente muros incas, textiles, petroglifos y planos urbanos contemporáneos. No existe una referencia arqueológica explícita; existe, más bien, una memoria visual sedimentada que el artista recompone mediante superposiciones, transparencias y fragmentaciones.
Algo semejante ocurre en la obra presidida por la gran figura animal. Aunque podría reconocerse un camélido o un ser totémico, el verdadero protagonista es el proceso de transformación de la forma. El animal emerge del color como si todavía estuviera naciendo de la materia pictórica. Es una imagen profundamente andina porque evita la separación moderna entre naturaleza y símbolo: el animal es simultáneamente presencia física, protector espiritual y estructura compositiva.
La cuarta pintura —quizá la más abstracta del conjunto— lleva este proceso aún más lejos. Las formas apenas conservan referencias reconocibles. Sin embargo, la composición mantiene una tensión interna extraordinariamente controlada. Las diagonales, los grandes planos de color y la distribución de las masas producen una sensación de movimiento continuo, como si el paisaje estuviera todavía formándose. Allí se advierte la influencia de la abstracción, aunque nunca desligada de una memoria territorial.
Existe además un aspecto que merece especial atención: la extraordinaria autonomía del color. Hurtado no utiliza el cromatismo para describir el mundo visible, sino para construir un lenguaje simbólico propio. Los rojos, turquesas, verdes, violetas y amarillos poseen una intensidad casi musical. No es casual que el artista hable de una "musicalización colorida", donde la yuxtaposición de las formas funciona como un telar pictórico entre mitos y leyendas.
Desde esa perspectiva, resulta insuficiente definir esta producción como neoindigenista o surrealista. Tales categorías apenas alcanzan a describir algunos de sus recursos formales. Lo que verdaderamente caracteriza esta etapa es la construcción de una mitopoética visual. El mito deja de ser un asunto temático para convertirse en una manera de organizar el espacio, el tiempo y el color. Sus cuadros no representan la cosmovisión andina: piensan desde ella.
La nota que acompaña la exposición afirma que la obra de Hurtado nace de una investigación permanente sobre la cultura de los Andes y que sus composiciones constituyen una reflexión sobre el origen y la memoria. Las cuatro pinturas aquí consideradas permiten corroborar plenamente esa apreciación, pero añaden un matiz importante: esa investigación no desemboca en un ejercicio arqueológico ni en una reivindicación nostálgica del pasado. Muy por el contrario, el artista sitúa el universo simbólico andino dentro de un lenguaje plástico plenamente contemporáneo, donde abstracción, figuración y símbolo conviven sin contradicción.
Puede afirmarse, en consecuencia, que la producción reciente de Carlos Hurtado representa uno de los desarrollos más coherentes de la pintura andina contemporánea. Su obra no busca ilustrar una identidad cultural previamente definida, sino demostrar que esa identidad continúa siendo una fuente activa de creación. Allí radica probablemente su mayor logro: hacer visible que el mito no pertenece al pasado, sino que sigue actuando como una fuerza creadora capaz de generar nuevas formas estéticas. En tiempos en que buena parte del arte oscila entre la cita cultural y el experimentalismo desarraigado, Hurtado ofrece una alternativa singular: un lenguaje pictórico donde la tradición permanece viva precisamente porque continúa transformándose.





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